viernes, 19 de abril de 2019

Todos los caminos llevan a Pekín / Guillermo Herrera *

China ha resucitado la mítica Ruta de la Seda, aquella antecesora de la globalización que unió a Europa y Asia entre los siglos IX y XV. Un total de diecisiete países árabes han firmado acuerdos de cooperación con Pekín sobre su ambiciosa iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda, informó la agencia Xinhua el pasado miércoles.

Justo cuando el gobierno del Presidente Trump se atrinchera en el proteccionismo, el Presidente Xi Jinping lanza el proyecto “One Belt, One Road” (Un Cinturón, Una Ruta). Se trata de la red de obras de infraestructura que conectará por tierra y por mar a China, los países de Asia Central, Oriente Medio, África y Europa.

Pretende cubrir el 65% de la población mundial, generar un tercio del PIB mundial y mover la cuarta parte de los bienes que produce el planeta. Es la solución china para la recuperación económica mundial. Los tiempos cambian pero el espíritu comercial chino persiste. 

Donde antes había camellos, ahora habrá trenes de alta velocidad, y los bienes de última tecnología relevarán a su delicada porcelana. El proyecto conectará a millones de personas, estimulará la economía mundial, levantará infraestructuras vitales en países pobres y hará del mundo un lugar más feliz.

DESCRIPCIÓN
La Nueva Ruta de la Seda o Puente Terrestre Euroasiático, es la ruta de transporte ferroviario para el movimiento de tren de mercancías, y tren de pasajeros, por tierra, entre los puertos del Pacífico, en el Lejano Oriente ruso y chino, y los puertos marítimos en Europa.

La ruta, un ferrocarril transcontinental y puente terrestre, actualmente comprende el ferrocarril Transiberiano, que se extiende a través de Rusia, y el nuevo puente de tierra de Eurasia o segundo puente continental de Eurasia, que discurre a través de China y Kazajistán, y también se van a construir carreteras entre las ciudades de la ruta.

El ambicioso proyecto de infraestructura de comercio de China se está expandiendo a nivel mundial. Está previsto que Suiza firme un acuerdo de cooperación en este ámbito con Pekín, mientras que, en marzo, Italia recibió críticas de sus aliados europeos por convertirse en la primera nación del G-7 en unirse oficialmente a la iniciativa.

En sus comienzos, cuando el presidente chino Xi Jinping presentó la idea en sendas cumbres en Astaná (Kazajistán) y Yakarta (Indonesia) en 2013, la propuesta se ceñía a los países vecinos, y su propósito era principalmente la construcción de infraestructuras. Pero ha ido expandiéndose geográfica y sectorialmente, a medida que ha ido creciendo la expansión de China en el exterior. Actualmente, según Pekín, están adheridos más de cien países en todo el mundo. Y abarca casi cualquier área: tiene componentes comerciales, financieros, de seguridad y culturales.

PLAN ESTRATÉGICO
La Nueva Ruta de la Seda es el gran plan estratégico de China. Para sus defensores, facilita el desarrollo de regiones olvidadas. Un plan de ramificaciones geopolíticas y económicas, criticado por algunos como un instrumento para dominar el mundo, y alabado por otros como un plan Marshall del siglo XXI que ayudará a desarrollar regiones olvidadas.

Italia quiere unirse al proyecto chino para estimular sus exportaciones. Varios países de Europa Occidental -incluida España- mantienen también sus reservas sobre la ruta, aunque se muestran dispuestos a colaborar en proyectos puntuales. Las quejas vienen de la falta de resultados. La línea férrea Madrid-Yiwu sigue sin arrojar beneficios en su trayecto de regreso.

En Bruselas y Tokio, en Berlín, París y Madrid se subraya la necesidad de demostrar que esos proyectos no perjudican al medio ambiente, son viables, beneficiosos para sus destinatarios, y el país receptor puede pagarlos. Estas capitales han rechazado firmar de momento, pese a las sugerencias chinas, memorandos de entendimiento generales de respaldo a la ruta.

Para China, los beneficios del plan son claros: ampliar vías hacia el oeste le permite desarrollar sus regiones occidentales, más empobrecidas; estimula sus sectores industriales en momentos en los que su economía entra en una etapa de menor crecimiento; abre mercados para sus productos; facilita que otros países adopten sus estándares tecnológicos y, en general, expande su presencia e influencia internacional.

ESPAÑA NO FIRMÓ
El presidente chino Xi Jinping fue recibido con honores en Madrid recientemente. Reuniones con el Gobierno, visita al Rey, cena de gala, encuentros con empresarios, etc. Los dos Gobiernos acabaron firmando una declaración en la que se comprometen a luchar juntos contra el proteccionismo y el unilateralismo y profundizar en la promoción de un mercado más abierto y la eliminación de todos los obstáculos comerciales. Incluso se concretaron algunos acuerdos bilaterales: China permitirá la importación de jamón de bellota (con hueso incluido) y de uvas españolas.

Sin embargo, la participación de España en la Nueva Ruta de la Seda no quedó sellada. El Gobierno español reconoció su potencial, y se comprometió a explorar proyectos concretos, pero no se mojó. De hecho, ya hay una conexión de mercancías por tren y participación de capital chino en los puertos de Valencia y Bilbao. Pero Pedro Sánchez no estampó su firma en el club de la alianza con la que China avanza imparable.

Xi también ha rechazado otras acusaciones contra un plan que lleva su sello personal. La ruta no tiene ni fines geoestratégicos ni militares, como han denunciado algunos críticos, ni tiene como objetivo lograr la hegemonía de China.

HISTORIA
El tráfico comercial entre Europa y Asia se llevó a cabo a lo largo de la Ruta de la Seda desde al menos dos milenios antes de Cristo. La Ruta de la Seda no era una vía específica, sino una ruta general utilizada por los comerciantes para viajar, en gran parte por tierra, entre los dos continentes a lo largo de las estepas euroasiáticas a través de Asia Central.

La ruta de ocho mil kilómetros de largo fue utilizada para el intercambio de bienes, ideas y personas, principalmente entre China e India y el mar Mediterráneo, y ayudó a crear un sistema único en el mundo del comercio entre las civilizaciones de Europa y Asia.

El tráfico a lo largo de las rutas del sur de la Ruta de la Seda disminuyó en gran medida con la caída de Constantinopla en el siglo XV y el desarrollo de la ruta marítima a través del Cabo de Buena Esperanza en el siglo XVI. 

En el siglo XVIII, la influencia europea en el comercio y las nuevas fronteras nacionales restringió severamente el movimiento de los comerciantes a lo largo de todas las rutas terrestres entre Europa y China, y el comercio terrestre entre Asia Oriental y Europa prácticamente desapareció.



 (*) Periodista



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